dimecres, 4 de febrer de 2015

Episodio Piloto #21







Lobos tróspidos

Tengo que reconocerlo: me encanta ¿Quién quiere casarse con mi hijo? y lo peor es que no puedo hacer nada por evitarlo. De toda la basura que se emite en televisión (y mira que hay) este es mi programa favorito.

Por si queda alguien que no sabe en qué consiste, esta sería la versión oficial: hay unas madres preocupadas porque sus hijos siguen solteros y deciden ir a la televisión para buscarle una novia a su vástago entre la recua de candidatas que proporciona la productora después de un cásting memorable.

Abro paréntesis. Como, gracias a Zapatero, España es un país moderno, ya hace una par de ediciones que entre los candidatos el programa incluye una cuota homosexual, de forma que en este país la orientación sexual ya no es un obstáculo para hacer el ridículo en televisión. Cierro paréntesis.

Buscar una novia a un chico de 20 años, decía, es el pretexto oficial del programa, pero la verdad es que el fondo de ¿Quién casarse con mi hijo? es otro muy distinto y podríamos encontrarlo en el Lupus est homo homini de Plauto ya que todo gira en torno al ensañamiento implacable, cruel y despiadado con el congénere, porque aquí no hay dios que se salve del escarnio público y caníbal.

Todos los personajes (las madres, los solteros, los candidatos) pasan inexorablemente por la trituradora que primero los guionistas y después los encargados del montaje preparan con un gusto exquisito, de forma que al final de cada capítulo el resultado es el mismo: uno acaba con las manos manchadas de sangre tras tuitear los grandes momentos del programa y cuestionando las bondades del sufragio universal.

Dentro de cada uno de nosotros vive un Pol Pot.


Columna publicada el 21 de gener de 2015 a Levante-EMV

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