dijous, 4 de juny de 2015

Episodio Piloto #35



Las primeras entregas de la versión íbera de Pesadilla en la cocina lo tenían todo para triunfar: el equipo de Alberto Chicote recorría España buscando la grasa escondida en las campanas extractoras de las cocinas con la excusa de ayudar a estos negocios a salir a flote.

Después de varias temporadas el formato ha perdido chispa y ya nadie se cree que el programa tenga nada de altruista o didáctico (ni siquiera de espontáneo) y capítulo tras capítulo se repite el mismo esquema. El problema ya no suele ser la limpieza ni la propia cocina, sino la evidente falta de profesionalidad de sus propietarios y empleados y eso no se soluciona cambiando las sillas por unas más modernas, rediseñando la carta o pintando las paredes de colores.

Esta temporada, sin ir más lejos, se estrenó con el negocio que un paracaidista (!) expulsado del ejército (!!) había abierto a las afueras de un pueblo y en el que nadie sabía freír un huevo. El problema, para los responsables de Pesadilla en la cocina, eran las tensiones personales entre el propietario y el personal del restaurante y no que nadie tuviera ni puta idea de cómo gestionar un negocio, servir mesas o rebozar un calamar.

En este país de servicios, Chicote pone en evidencia el carácter chapucero del emprendimiento patrio: cuando uno no sabe qué hacer con su vida hipoteca la casa de sus padres y monta un bar, un restaurante o un chiringuito en la playa, contrata a tres indocumentados para que frían patatas congeladas y espera ganar dinero sin dar un palo al agua.

En un mundo ideal, del mismo modo que los padres que llevan a sus hijos a Hermano mayor no deberían haberse reproducido, todos los locales que se prestan a este escarnio público nunca deberían haber abierto sus puertas.

Article publicat el 29 d'abril de 2015, a Levante-EMV.

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